
Metadona
Acción terapéutica.
Analgésico central.
Propiedades.
Es un agonista opiáceo de origen sintético con una
potencia ligeramente superior a la de la morfina y mayor duración de acción,
aunque con menor efecto euforizante. Presenta afinidad y marcada actividad
en los receptores m. La administración de metadona produce una acción
analgésica central, depresión respiratoria, modificación de la secreción
hipofisaria, hipotermia, náuseas y vómitos, miosis, sequedad de boca,
depresión del reflejo tusígeno y, a veces, hipertonía muscular. En el tracto
gastrointestinal y en las vías urinarias produce un aumento del tono miógeno
(retraso del vaciamiento gástrico, estreñimiento, hipertonía del esfínter de
Oddi, retención urinaria). Además, posee efectos cardiovasculares
(bradicardia, hipotensión, vasodilatación cerebral), en general poco
marcados, y puede producir sedación o euforia y, a dosis altas, sueño y
coma. Tras el uso continuado se desarrolla tolerancia, aunque a una
velocidad no homogénea, variando según el efecto considerado, y es más lenta
que con la morfina. El síndrome de abstinencia producido por metadona es
similar al inducido por la morfina, aunque su curso es más prolongado. Se
absorbe amplia y rápidamente por vía oral y sufre un metabolismo de primer
paso hepático, siendo su biodisponibilidad del 80-90%. Debido a su marcada
lipofilia, la metadona se distribuye ampliamente y a dosis repetidas; existe
acumulación en tejidos, siendo las concentraciones en hígado, pulmón y riñón
mucho mayores que las plasmáticas. Desde los tejidos, que actúan como
reservorios, la droga se libera lentamente hacia el plasma, lo que le
confiere una vida media plasmática prolongada. Posee una elevada fijación a
proteínas plasmáticas (60% al 90%), uniéndose principalmente a la a1
glucoproteína ácida. La metadona se elimina por biotransformación hepática,
con formación de dos metabolitos inactivos. La excreción es principalmente
renal y, en menor medida, fecal. Sólo un 4% de la dosis se elimina
inalterada.
Indicaciones.
Tratamiento sustitutivo de mantenimiento de la
dependencia a opiáceos, dentro de un programa de mantenimiento con control
médico y en conjunto con otras medidas de tipo médico y psicosocial.
Dosificación.
Adultos: vía oral, 20-30mg por día. En función de la
respuesta clínica, la dosis podrá aumentarse hasta 40-60mg/día en el
transcurso de 1 a 2 semanas, para evitar la aparición de síntomas de
abstinencia o de intoxicación. Dosis de mantenimiento: 60-100mg por día;
esta dosis se alcanza mediante incrementos sucesivos semanales de 10mg/día.
La suspensión del tratamiento debe ser gradual, con disminución paulatina de
la dosis en cantidades de 5 a 10mg.
Reacciones adversas.
Las reacciones adversas principales incluyen depresión
respiratoria, hipotensión, shock, paro cardíaco, aturdimiento, mareo,
sedación, náuseas, vómitos, sudoración. Menos frecuentemente se observan
euforia, disforia, debilidad, cefalea, insomnio, agitación, desorientación,
alteraciones visuales, boca seca, anorexia, estreñimiento, espasmo del
tracto biliar, rubor cutáneo, bradicardia, palpitaciones, desmayo, síncope,
retención o tenesmo urinario, efecto antidiurético, disminución de la libido
y/o potencia sexual, prurito, urticaria, exantema cutáneo, edema, urticaria
hemorrágica e incremento de la presión intracraneal.
Precauciones y advertencias.
Durante la fase de inducción del tratamiento de
mantenimiento, los pacientes deben abandonar el consumo de heroína y pueden
presentar síntomas típicos de abstinencia (lagrimeo, rinorrea, estornudos,
bostezos, etc.), que deben diferenciarse de los efectos secundarios de la
metadona. Con el uso continuado puede desarrollarse dependencia física y
psíquica del tipo de la dependencia a la morfina, así como tolerancia. La
interrupción brusca del tratamiento en pacientes con dependencia física
puede precipitar un síndrome de abstinencia. La administración de dosis
habituales de un antagonista opiáceo a un paciente con dependencia física a
metadona u otros opioides precipita un síndrome de abstinencia agudo. La
severidad de los síntomas dependerá del grado de dependencia del sujeto y de
la dosis de antagonista administrada. Por consiguiente, en este tipo de
pacientes, debe evitarse en lo posible la administración de antagonistas
opioides. Si fuera necesaria su utilización en pacientes dependientes para
tratar una depresión respiratoria grave, el antagonista debe administrarse
con sumo cuidado, mediante escalonamiento con dosis más bajas que las
habituales. La metadona, utilizada por pacientes dependientes en dosis de
mantenimiento estable, no es un ansiolítico y no es eficaz en el tratamiento
de la ansiedad generalizada. Los pacientes en tratamiento continuado
reaccionarán al estrés con los mismos síntomas de ansiedad con que lo hacen
otros individuos. No deben confundirse estos síntomas con los de abstinencia
a metadona, ni debe intentar tratarse la ansiedad aumentando la dosis. Se
recomienda administrar con precaución en pacientes con hipotensión,
pacientes ancianos o debilitados y en pacientes con insuficiencia hepática o
renal, hipotiroidismo o enfermedad de Addison. Su administración puede
enmascarar el diagnóstico y el curso clínico de los pacientes con abdomen
agudo. La metadona atraviesa la barrera placentaria y se elimina por la
leche, por ello no se debe administrar a mujeres embarazadas, ni durante la
lactancia.
Interacciones.
La administración de agonistas opiáceos puede producir
una potenciación de la depresión respiratoria y del sistema nervioso central
e hipotensión, particularmente en pacientes ancianos. Sin embargo, la
administración de buprenorfina o pentazocina puede precipitar síntomas de
abstinencia en un paciente adicto a metadona. La naloxona antagoniza la
depresión respiratoria y del sistema nervioso central y el efecto analgésico
de metadona. La administración de naltrexona a un paciente adicto a metadona
precipita rápidamente la aparición de síntomas de abstinencia prolongados.
Los inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO) pueden potenciar y prolongar
los efectos depresores de metadona, así como también pueden producir
estimulación del sistema nervioso central. Se recomienda evitar la
administración conjunta de metadona con IMAO y deberían transcurrir dos
semanas entre la interrupción del tratamiento con un IMAO y el inicio del
tratamiento con metadona. El alcohol potencia el efecto sedante de metadona,
pudiendo producir hipotensión y depresión respiratoria graves. Se aconseja
utilizar metadona con precaución en pacientes que estén recibiendo otros
analgésicos opioides, anestésicos generales, fenotiacinas, antidepresivos
tricíclicos, hipnóticos y otros fármacos sedantes del sistema nervioso
central, reduciendo la dosis si fuera necesario, ya que existe riesgo de
depresión respiratoria, hipotensión y sedación profunda o coma. La
administración concomitante de rifampicina o fenitoína u otros inductores de
los enzimas hepáticos puede dar lugar a una reducción de los niveles
plasmáticos de metadona, pudiendo desencadenar un síndrome de abstinencia.
La administración conjunta de cimetidina potencia los efectos de metadona,
por desplazamiento de ésta de sus lugares de fijación a las proteínas
plasmáticas. La fluoxetina y otros fármacos serotoninérgicos pueden aumentar
los niveles plasmáticos de metadona. Los fármacos que acidifican o
alcalinizan la orina pueden alterar la eliminación de metadona, puesto que
el clearance de metadona se incrementa a pH ácido y se reduce a pH alcalino.
Contraindicaciones.
Insuficiencia respiratoria o enfermedad obstructiva
respiratoria grave, enfisema, asma bronquial, corazón pulmonar, hipertrofia
prostática o estenosis uretral, hipertensión craneal, embarazo, lactancia y
en pacientes con hipersensibilidad a la metadona.
Sobredosificación.
Las manifestaciones clínicas de una sobredosis son
depresión respiratoria, cianosis y respiración de Cheyne-Stokes, somnolencia
extrema, que puede evolucionar hacia el estupor y coma, miosis intensa,
flaccidez muscular, frialdad cutánea y, en ocasiones, hipotensión y
bradicardia. En caso de intoxicación extrema puede aparecer apnea, colapso
circulatorio, fallo cardíaco y muerte. El tratamiento consistirá en el
restablecimiento de la función ventilatoria adecuada, mediante la
instauración de una vía aérea permeable y respiración asistida. Debe
administrarse un antagonista opiáceo (naloxona o nalorfina), por vía
intravenosa o intramuscular, a dosis similares a las requeridas en la
intoxicación morfínica. Como la duración de acción de los antagonistas
opiáceos es mucho más corta que la de metadona, estos deberán administrarse
en dosis repetidas. No debe administrarse un antagonista si no existen
signos de depresión respiratoria o cardiovascular. Pueden utilizarse otras
medidas de soporte vital y tratamiento sintomático habitual: oxigenoterapia,
vasopresores, fluidos intravenosos, etc.
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